
Por Alberto Adrianzén (*)
Imagínese estimado lector que la Banda de los Retacos o que el Cartel de Tijuana sean las “instituciones” calificadoras del Poder Judicial en los países de la región. Sin duda esa idea es un disparate, pero cuando se analiza lo que sucede hoy con la más famosa empresa financiera y calificadora de riesgo, Goldman Sachs (GS) –una compañía fundada hace 140 años en EEUU y endiosada en nuestro país–, esa propuesta no parece tan lejos de la realidad.
A mediados de abril la Comisión de Bolsa de Valores (SEC, por sus siglas en inglés) presentó una demanda en la que acusa a GS de estafa. Según un artículo de David Brooks, GS “vendió un instrumento de inversión basado en hipotecas subprimes –las acusadas de llevar a la implosión financiera– a un grupo de clientes mientras otra parte de la empresa apostaba a que estas mismas inversiones se desplomarían”.
El 26 de abril el presidente del Subcomité Permanente del Senado de los EEUU, Carl Levin, afirmó que las presuntas actividades ilegales de GS iban más allá del caso de títulos hipotecarios ya que esta empresa ideó no uno, sino una serie de negocios complejos que le dieron ganancias por más 3,7 mil millones de dólares. La denuncia penal contra GS marca un nuevo hito en la crisis capitalista, ya que puede consolidar el fin de la desregulación financiera iniciada por Reagan.
En realidad, dice el economista Alberto Graña, “lo que se ha quebrado con esta crisis no es solo una forma especulativa –y dolosa– de hacer ganancias, sino también un sistema en el que tanto el Estado como algunos grupos privados cumplieron determinados roles. Ello no hubiera sido posible sin el concurso de las calificadoras de riesgo, que ganaban comisiones. También, mencionaremos a las aseguradoras, pieza esencial para protegerse del riesgo de incumplimiento en un modelo rentista de generación de ganancias mediante el cual las deudas hipotecarias se empaquetaron y se convirtieron en títulos de bolsa”.
Lo que hoy sucede en EEUU se explica porque seis megaempresas (Goldman Sachs, Morgan Stanley, JP Morgan Chase, Citigroup, Bank of America y Wells Fargo) controlan el 60% del PBI de ese país (en los noventa tenían menos del 20%). Toda una “oligarquía financiera” como afirma Simon Johnson, ex economista en jefe del FMI.
Sin embargo, lo que importa anotar son dos temas: el primero es que el GS es una empresa “acostumbrada al mecanismo de la puerta giratoria de entrada y salida del sector privado al público y viceversa, gracias al cual tiene gente bien colocada en el Tesoro Público y en el Banco de la Reserva Federal” (Randall Wray); el segundo, es la falta absoluta de regulación en el mercado, aspecto que el presidente Obama intenta solucionar parcialmente con una reforma del sistema financiero.
En realidad, estamos frente a un capitalismo rentista y mafioso comandado por grandes empresas que tienen como operadores a directivos bien pagados por sus nexos con el poder. Un ejemplo es Robert Rubin, ex director de Citigroup y ex Secretario del Tesoro en el gobierno de Bill Clinton, que recibió la “modesta” suma de cien millones de dólares en remuneraciones cuando abandonó el Citigroup. Rubin también trabajó para GS, lo mismo que Harry Paulsen que fue igualmente Secretario del Tesoro en el gobierno de George Bush. Paul Krugman ha llamado a GS (y me imagino que al resto de empresas similares) los “saqueadores con mocasines”. Para el Premio Nobel, saquear no es otra cosa que “el hampa económica de la bancarrota con ánimo de lucro”.
Lo que ocurre en EEUU no es muy lejano a lo que existe hoy en el país. Aquí también hay grandes empresas acostumbradas a la modalidad de la “puerta giratoria”, sus directivos transitan con facilidad del sector privado al público y viceversa, promulgando leyes que benefician siempre a unos pocos; y la falta de controles a la economía brilla por su ausencia. Por eso podemos concluir que finalmente hemos llegado al “primer mundo”. Lo que nos “iguala” es el saqueo como la lógica principal del capitalismo.


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